Ser mujer en la academia y en las relaciones internacionales

Por Constanza Jorquera, Analista en Políticas y Asuntos Internacionales, Magíster en Estudios Internacionales y Doctora en Estudios Americanos.

Hace bastante tiempo, un profesor me llamó la atención respecto a mi firma en mi correo electrónico, que por qué tenía todos mis “títulos”, “cargos” o cosas que había hecho, que eso era pedantería e innecesario, pues él podría hacer lo mismo y llenar un correo electrónico con eso. Al principio me sorprendió, todos mis profesores y colegas lo hacían, incluso ponían más información. Efectivamente, me sentí arrogante, porque la otra tendencia es firmar sólo con el último grado académico y tu cargo actual, tenía sentido.

Fotografía: No sin mujeres

Opté por borrar todo y poner sólo mi profesión, esperando hasta aprobar mi examen de calificación doctoral para poner esa la letra tan anhelada, la “C” de Candidata a Doctor. Yo uso Candidata a Doctora, pero desconozco si cuando obtenga mi grado aparezca en femenino, pues cuando pedí hacerlo en mi diploma de licenciatura en 2013, aún no estaba implementada la elección, de modo que en mi grado académico aparezco como “Licenciado en Estudios Internacionales”.


Desde diciembre de 2017 puedo firmar así y por qué pongo esta lista (no crean que firmo mis correos electrónicos con todo esto), caso de currículum bajo mi nombre, porque me gustaría compartir mi historia brevemente con ustedes, sin ese pudor ni falsa modestia, para demostrarles que sí se pueden lograr cosas en un mundo pequeño y selecto, un club de hombres.

Diez años antes, en diciembre de 2007, fui a la feria del postulante de la Universidad de Santiago y encontré un stand que decía “Licenciatura en Estudios Internacionales”. La carrera era nueva, no tradicional, pero tenía todo lo que buscaba por su carácter multidisciplinario, aparecía que había especializaciones y sin tener idea lo que era “Seguridad y Defensa”, me llamó la atención e inmediatamente postulé, marqué sólo una opción y quedé cuarta, la primera mujer dentro de los puntajes más altos y en la segunda generación de una carrera de la cuál nadie sabía nada ni qué nos iba a esperar.

Fueron cinco años muy duros, donde aprendí muchísimo, pero con mucha inseguridad al ver que mis compañeros tenían todo muy claro, muchos querían tener cargos políticos, tenían redes y militaban en partidos políticos, me sentía menos porque sentía que sólo me iba bien porque era responsable y estudiosa, pues mi única meta era ser doctora algún día. Efectivamente me especialicé en Seguridad y Defensa, hice un diplomado y mi práctica profesional en la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos del Ministerio de Defensa, el lugar más masculino que puedes encontrar.

Ni siquiera recibía mi título cuando ya estaba matriculada en el Magíster en Estudios Internacionales de mi universidad y fue ahí donde poco a poco y todavía, fui ganando confianza y encontrando mi identidad. Me di cuenta de que, estaba a mitad de camino para ser doctora, quería ser académica, investigadora, viajar y hacer muchas cosas, pero, sobre todo, que quería especializarme en estudios asiáticos, pese a que en Chile sólo existen algunos diplomados o cursos de vez en cuando y ese camino debía hacerlo por mi misma. Entré al curso de chino mandarín en el Instituto Confucio de la Universidad Católica y al de coreano en el Instituto Rey Sejong de la Universidad Diego Portales.

Las cosas salieron bien, viajé al National Model of United Nations en Nueva York apenas terminé mi primer semestre con la delegación de mi universidad donde gané en mi Comisión, la Asamblea General IV, uno de los diez mejores position papers y era la primera vez que se ganaba algo, cuando terminé el Magister gané uno de los tres premios para viajar a Dubai a exponer mi paper en el Congreso Mundial del Hallyu (el que se transformó en un capítulo de libro este año) y al cual asisto desde entonces como representante de Chile. Al regresar, estaba postulando al Doctorado y entré en marzo de 2016 con 26 años.

Jamás me sentí discriminada o con la “carga de ser mujer” mientras estudiaba, hasta el Doctorado. Coincidió con que ahora tenía otro rol, el de profesora universitaria. También se sumó otro gran factor, la edad, y la frase “es que te ves tan jovencita” es tan frecuente incluso ahora que cumpliré treinta el próximo año.

Varias veces las secretarias o los mismos estudiantes no me tomaban en serio porque pensaban que era estudiante o ayudante, y debía insistirles varias veces que yo era la profesora, siento que debo ser “más pesada” las primeras clases ante un curso nuevo porque cómo alguien tan parecida a ellas y ellos iba a ser su profesora y a veces me pregunto que, si fuera hombre y mayor, no vería ciertas conductas ni opiniones de mis estudiantes. La forma en como me veo, mi forma de vestirme y mis gustos no ayudan, cuando eres mujer en un mundo históricamente de hombres debes verte más seria, más mayor, más masculinizada, es como estar probando constantemente frente al duro escrutinio público que sí puedes convertirte en una “académica de verdad”, otra frase que recuerdo bien.

Cuando eres mujer en un mundo históricamente de hombres debes verte más seria, más mayor, más masculinizada, es como estar probando constantemente frente al duro escrutinio público que sí puedes convertirte en una “académica de verdad”, otra frase que recuerdo bien.

A veces los profesores te ven como una “hija”, que en cierta forma es positivo porque sabes que quieren lo mejor para ti y tratan de formarte a su semejanza para que puedas tener un buen desempeño en el mundo masculino de la academia, pero ese “paternalismo” muchas veces es bastante incómodo y la brecha se siente. Mis compañeros hombres, un poco más grandes, eran profesores, yo “hacía clases”; y he notado el patrón de que, en todos los congresos, charlas, seminarios o entrevistas, si eres la única mujer en el panel, la primera pregunta y el cierre nunca van dirigidos a ti. 

Cuando elaboro mis programas de curso, me encuentro con un obstáculo disciplinario muy grande, en el campo de las relaciones internacionales los autores más importantes son hombres, de los cuales aprendes las teorías y los métodos centrales, los que han sido asesores del más alto nivel y los enfoques más feministas quedan en un gran saco llamado “teorías críticas”, que se abordan bastante poco en los cursos. Me di cuenta de que me costaba mucho incluir temas de género y autoras en mis cursos, lo que aún me causa bastante frustración, pues evidencia la participación desigual de las mujeres.

Las mujeres están subrepresentadas en el campo académico, aún más en los cargos directivos, y hablo de campo en la visión de Pierre Bourdieu (sí, un hombre), la academia es un campo de fuerza, donde puede haber cooperación, pero también hay conflicto. Los hombres son más visibles como productores de conocimiento porque el modelo académico está construido sobre bases que favorecen a los hombres, como la dedicación casi exclusiva, movilidad geográfica, productividad ininterrumpida.

Lo positivo es que las movilizaciones feministas en las universidades y uno de los puntos centrales era el desafío por superar la masculinización de los programas de estudio. Me sentí culpable y responsable, a diferencia de algunos colegas profesores, yo sí me sentí interpelada por mis estudiantes, porque, a mi modo de ver, somos muy pocas todavía, lo cual ya había advertido en mi proyecto de tesis doctoral sobre la comparación de intelectuales internacionalistas chilenos y coreanos, y es una ardua tarea que debemos enfrentar. 

Quizás cuando la edad no sea más un factor esa brecha y ese sentimiento de tener que probar constantemente que soy lo suficientemente buena disminuya, no lo sé, pero quiero transmitir a mis estudiantes, a las futuras analistas internacionales, doctoras, académicas e investigadoras que si bien es un camino difícil, donde tenemos un enorme y grueso techo de cristal que romper y un amplio suelo pegajoso que limpiar, sintiendo muchas veces que deben esforzarse el doble que el compañero o colega del lado para obtener reconocimiento o cuando las invadan ideas negativas de que no pertenecen o no son lo suficientemente buenas, vale la pena dar esa pelea en todos esos campos de fuerza.